|
Un hombre se quejaba así: - Dios mío, ten compasión de mí; mira cómo trabajo tanto.
En cambio mi mujer tan tranquila en la casa.
Dios, en su infinita misericordia ¡zaz!, le concede el milagro. Medio tendió camas, sacó la ropa húmeda y puso otra tanda en la lavadora; aspiró por donde ve la suegra, preparó un arroz para acompañar la carne, salió disparado a la escuela, se peleó con los chicos, les dio de comer, lavó los platos, tendió la ropa húmeda en sillas porque estaba lloviendo a cántaros, miró que los niños comenzaran a hacer la tarea, planchó una ropita pendiente mientras veía algo de tele de reojo... y salió disparado a la cocina para preparar la cena mientras volvía a pelear con los hijos para que se bañaran a tiempo. A las 9 de la noche estaba agotado y deseando dormir a pierna suelta, pero en la cama le esperaban más deberes... Y los cumplió como pudo.
Al día siguiente volvió a clamar a Dios:
Entonces oyó la amorosa respuesta de Dios: Autor desconocido |